“La mistificación buenista del pasado islámico español es ridícula”

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“Nos la hemos ganado, Antonio. Nuestros abuelos, nuestros padres y nosotros. Es nuestra tierra. Nos pertenece”. “No, Jesús. Somos nosotros quienes le pertenecemos a ella”. El diálogo que cierra Tierra Vieja (Ediciones B), la última novela de Antonio Pérez Henares, resume el sentido último de todo el libro. Lo sostienen los nietos de dos de los principales protagonistas. Aquellos fugitivos leoneses que llegaron a Castilla y se asentaron en la abandonada Bujalaro, un pueblo muerto por las continuas idas y venidas entre cristianos y musulmanes, pero resucitado gracias a la dedicación constante de los dos hermanos. Poco a poco, entre batallas, requerimientos, intrigas y quebrantos políticos, la vida de las gentes que repoblaron la tierra de frontera se va imponiendo, explicando de una forma sutil que la historia, muchas veces, se refleja antes en las ventas que recorrió el Quijote que en la corte de los reyes. La historia que relata Henares es anterior a la de Cervantes. Incrustada en aquellos siglos de internadas almorávides y almohades, cuando la vida entre el Tajo y el Guadiana era una pelea contra la incertidumbre de la guerra. Ahí, sostiene Henares, ya se estaba forjando la pertenencia que todavía atravesaba a nuestros padres, hace poco más de medio siglo. Esa querencia de los hombres por su tierra, troquelada por sus manos de la misma forma que por la de todos sus antepasados. Hablamos con el autor:

Pregunta: ¿Quién hace la historia, los reyes o los súbditos?

Respuesta: Los dos, por supuesto. La historia también la hace la gente de a pie, en los pueblos. Los reyes son importantes porque son los líderes, quienes dirigen. En aquel momento su figura era trascendental. Pero qué duda cabe de que la historia está hecha por la voluntad de unas personas que, al fin y al cabo, son quienes labran, quienes sudan, quienes combaten y quienes mueren o vencen. Yo quería poner el foco en esos anónimos que tuvieron nombres, aunque no se recuerden. Son nuestros antepasados. Este es un libro pensado para la gente que le gusta la historia, porque también está, con sus reyes y sus batallas. Pero sobre todo es un libro que me gustaría que leyeran los jóvenes. Los hijos de esas gentes de las que hablamos, aunque ahora vivan en las ciudades. Su historia viene de ahí. Tanto la Historia en mayúsculas como la historia en minúsculas. Sus raíces están ahí. España fue y sigue siendo un país marcadamente rural. Todavía hay gente que cuida nuestro campo. Serán menos, pero allí siguen. Y la búsqueda de la raíz, que tarde o temprano todos realizamos, se puede encontrar en la vida de todas esas personas que han trazado nuestro paisaje a lo largo de los siglos.

P: ¿Estamos hablando de la famosa “construcción nacional”, tan controvertida ahora en España?

R: Por supuesto. Porque es lo que fue. Yo en el libro me centro sobre todo en Castilla. Pero también está León. Y Aragón. Todo era más fluido de lo que algunos dicen ahora. En la Edad Media, los conflictos de lindes entre los reyes eran conflictos entre primos. La gente de campo sabe que por las lindes y por el agua se discute mucho. Y los reyes discutían por las lindes, claro. Por eso se alternaban períodos, incluso en un mismo reinado, de confrontación con el vecino y de absoluto hermanamiento. Castilla y Aragón, sobre todo en ese periodo que yo narro, tuvieron un hermanamiento continuo. El gran aliado de Castilla era Aragón. En todo momento. Y de una forma determinante cuando tocó hacer frente a la amenaza almohade. Los años anteriores a la batalla de las Navas de Tolosa, después de la derrota de Alarcos, el aliado de Castilla es Aragón. Entre otras cosas porque la mujer del rey aragonés, doña Sancha, era castellana. Y Pedro II, su hijo, el joven rey que falleció en la batalla de Muret, un año después de las Navas, fue el verdadero sostén de Alfonso VIII de Castilla. Es que, como ya te he dicho, todos los reyes de los reinos cristianos peninsulares eran, de una manera u otra, primos. Eran familia. Y el de Portugal también, por supuesto.

P: Se dice mucho ahora eso de que la Reconquista es el western español, con esas tierras despobladas en la frontera y la voluntad de los hombres libres dispuestos a hacerla suya trabajándola.

R: Sí. Pero habría que darle la vuelta a esa frase. En todo caso, el western es la Reconquista americana. Lo que tampoco se dice es que, en realidad, buena parte del western americano fue español. El cine ha contado el más tardío, claro. Cómo bajaron las vacas y los caballos que habían subido los españoles. Pero el primer caminante hacia el Oeste fue Cabeza de Vaca. Los primeros fuertes eran los de los dragones de cuera. La primera batalla contra los comanches la dio el coronel Anza, que venció a Cuerno Verde. Los cowboys famosos, también, vienen de la América hispana. De California, Arizona, Colorado, Arkansas, Nuevo México, Florida… Hay mucha parte de la historia de lo que ahora es Estados Unidos que es completamente desconocida. Es lo de siempre: la historia no contada. Pero sí, por volver a tu pregunta, la gran epopeya de la Reconquista fue repoblar la tierra, igual que en el Oeste americano. Asentarse en un territorio de frontera teniendo al enemigo al otro lado de la sierra. Lo que yo cuento en el libro se centra en la frontera del Tajo y del Guadiana. Pero antes hubo una frontera en el Duero. El concepto Extremadura viene del extremo duro, es decir, más allá del Duero. Luego se cruzó el sistema central y se fue más allá del Tajo. Madrid, por ejemplo, fue tierra de frontera hasta la derrota de los almohades. Fue cercada un par de veces. Alcalá de Henares fue tomada por los almorávides y retomada por el obispo de Toledo. Alvar Fáñez se las vio y se la deseó para contener a esos mismos almorávides después de la batalla de Uclés. Y los años posteriores a la batalla de Alarcos fueron años duros, de incertidumbre y miedo, hasta la victoria en las Navas de Tolosa.

P: Las gentes de las que habla el libro parecen vivir una vida mucho más peligrosa, pero también más libre. Como si fuesen más responsables de su destino.

R: Claro. Es que los reyes castellanos hicieron una cosa trascendental, que fueron los fueros. Ese es el primer derecho de la gente de a pie. El fuero de Atienza, por ejemplo, no se circunscribía sólo a la ciudad de Atienza. En concreto, a él se acogían 232 poblaciones. Y todos los vecinos de ese vasto territorio estaban amparados por el fuero. El concejo repartía tierras a la gente que iba a poblar ese terreno. Decían, por ejemplo: “Vamos a poblar Sigüenza”. Y daban tierra para que se establecieran allí cien vecinos. Eso está documentado. Claro, todos esos vecinos podían venir de cualquier parte. Se formaban unas amalgamas muy curiosas. Porque acudían gentes de todo tipo. Fugitivos, o buscadores de fortuna. Personas que perseguían una nueva vida. Las tierras que les daban pasaban a ser suyas, en propiedad, lo que constituía una oportunidad. Tenían que cultivarlas. Y cada concejo tenía su propia mesnada, al servicio del rey. Por lo tanto, no estaban sometidos a vasallaje a señores feudales. El feudalismo en España tiene esa enorme diferencia.

P: Supongo que eso se dio debido a la cercanía del enemigo musulmán. ¿Qué relación tenían los cristianos exactamente con él? De vez en cuando se abre el debate sobre si España viene exclusivamente de los cristianos o si es una mezcla homogénea de culturas y religiones.

R: En ese tema se está llevando a cabo una especie de mistificación buenista de lo islámico que me parece ridícula. El hecho es que hubo una conquista. Y eso es algo contrastado e irrebatible. Hubo una conquista a sangre y fuego. La batalla de Guadalete puso de manifiesto el colapso interno del reino visigodo, que se derrumbó estrepitosamente. Y las gentes que vivían en la península entonces, la mayoría hispanorromanas, no sólo visigodas, tuvieron que decidir entre someterse, convertirse o morir. Sobre la Reconquista existe la famosa discusión entre Américo Castro y Sánchez Albornoz. Lo que pasa es que el verdadero historiador, el investigador de prestigio, ahora tildado de facha pese a haber sido el último presidente de la Segunda República en el exilio, era Sánchez Albornoz. Su criterio es más acertado. Hubo una Reconquista que enfrentó directamente dos maneras de entender el mundo contrapuestas, porque la religión tenía un peso fundamental en el día a día de las gentes. Hubo una batalla en Covadonga, de las dimensiones que fueran. Y poco a poco se estableció una resistencia continuada en la cordillera cantábrica. Lo evidente es que después de Covadonga dejó de haber gobernadores musulmanes en Gijón. Y esto está recogido no por las crónicas cristianas, sino por las árabes. Alfonso I aprovechó la sublevación de los bereberes contra Córdoba para consolidar su reino allí, al otro lado de las montañas, en el lejano norte peninsular. Al principio, lo que querían esas gentes era vivir libremente. No tener que pagar impuestos a los musulmanes. Luego, los Alfonsos consolidaron la Reconquista. Y decir esto no es negar el esplendor musulmán, que lo hubo. Abderramán I, el Omeya, venía de la provincia romanizada de oriente más importante, que era Siria. Y llegó a la provincia romanizada más importante de occidente, que era Hispania. En Córdoba se juntó la tradición hispanorromana con la tradición oriental de base grecorromana. El Califato que se estableció fue de un esplendor inaudito, pero efímero. Los reinos de taifas fueron su canto de cisne y su decadencia. Las invasiones almorávides y almohades que llegaron después, en el período que yo narro en el libro, son otra cosa. A partir de ahí el contacto entre musulmanes y cristianos dejó de ser tan fluido. Antes de ellos existía sumisión, pero era posible la cohabitación. Los almorávides, primero, y sobre todo los almohades, después, desataron una persecución brutal contra los judíos de Al-Andalus, por ejemplo. Y contra los propios andalusíes. Eran unos integristas fanáticos de un calibre descomunal. Por eso, después de su expulsión, dejaron poca huella. Los musulmanes de los reinos de taifas eran en su mayoría hispanos. Lo que pasa es que ahora se juzga toda esa época con los ojos actuales y desde la ignorancia. Por eso nos quieren vender que los musulmanes eran todos guapos, listos y maravillosos. Que vinieron aquí a ilustrar a una panda de cenutrios hispanos, sucios y analfabetos. Quienes dicen eso se olvidan de que esta fue la tierra de Séneca. La misma que dio a algunos de los emperadores romanos más importantes. No se preguntan por qué los invasores establecieron sus capitales en las ya existentes: Corduba, Emérita Augusta, César Augusta, etcétera. Ni cómo pudieron expandirse tan rápido por toda la península, aprovechando las calzadas. Vivimos en una irrealidad estúpida. Porque los estúpidos no eran ellos, sino los que les juzgan hoy.

P: El libro habla de la pertenencia a una tierra como algo ganado a base de trabajarla. ¿Esa pertenencia se puede perder? ¿Los urbanitas sentimos el mismo nivel de pertenencia?

R: Lo que pasa en realidad es que la visión urbanita lo aplasta todo. Vamos a ver, ahora mismo hay más y mejor tierra cultivada en España. Las innovaciones técnicas lo han permitido. Lo que hay es menos gente. Donde antes eran necesarias cien familias, cada una con su yunta, ahora bastan seis con sus tractores. El debate surge por esa tendencia humana al termitero. Nos apiñamos en ciudades aunque nos vaya fatal. Por eso, la gente no volverá al campo hasta que no quiera. Hace décadas, la gente se fue del campo porque las condiciones de vida allí eran durísimas. Ahora, la vida en el mundo rural es mejor, pero está mal contada. El aplastamiento de los urbanitas consiste en idealizarla, en decirle a sus habitantes cómo deben vivir, sin tener ni puta idea de cómo es realmente vivir ahí. Y en no preocuparse luego por sus problemas reales. Las manifestaciones que ha habido en los últimos años han reunido a más de medio millón de personas. Lo sé porque estuve en las dos. Pero han tenido una repercusión mínima. La gente del campo se queja de que lo que ganan con su producto no cubre lo que les cuesta producirlo. Lo descorazonador es saber que si hubiera habido doscientos payasos montando una performance de no sé qué gilipollez, habrían salido en todos los medios durante meses. Cada vez que oigo a todos esos políticos hablando de la España vaciada me siento insultado. ¿Qué coño es eso de la España vaciada? Habrá pocos, pero siguen ahí. No está vacío. Lo que pasa es que los que están ahí no son escuchados. Son invisibles. Por eso parece todo vacío. Ahora se ha puesto de moda utilizar todo esto de la España vaciada para que nuevos políticos, aprendices de caciques, medren en lo suyo. No han vivido del campo en su vida. El de Teruel Existe tiene sus negocios en Valencia y ahí está. Si les miras un poco te das cuenta de que todos los de las nuevas plataformas estas que están saliendo son rebotados de todos los partidos. Y el campo necesita muchas cosas, pero reatas de políticos no. Lo que a mí me gustaría es que los urbanitas, al venir al campo, en lugar de quejarse porque el canto del gallo les molesta, intentasen darse cuenta de que sus raíces están ahí. De que hay algo en la forma de vida de esa gente que conecta directamente con nuestros abuelos, los de todos nosotros. Porque hasta antes de ayer prácticamente todos nuestros antepasados vivían así.

P: Todo esto me recuerda el revuelo que causó hace poco el debate sobre los ganaderos, la calidad de la carne en España y el impacto medioambiental de esa industria.

R: Esa es otra hipocresía urbanita. La ganadería es caza extensiva. El hombre, para comer, siempre ha tenido que cazar. Y a medida que ha habido más humanos, ha sido necesario cazar más. Por más que les moleste a los que pretenden que todos seamos veganos, el ser humano es omnívoro y necesita comer de todo. Carne también. Si no hubiésemos comido carne, seríamos otra cosa. Pero somos lo que somos. Nuestro aparato digestivo no está preparado para otra cosa. Sería bueno reconocerlo de una vez y entender después que la ganadería y la agricultura fueron avances necesarios, que permitieron abastecer a todos de forma eficaz. Así de simple. Decir esto, claro, ahora es atroz. Porque tenemos unas nuevas generaciones de auténticos memos. Consideran que todo es maltrato animal. Pero es que sacrificar un animal para comer no es maltrato. Lo sé yo, que si veo verdadero maltrato animal me pongo enfermo. Sacrificar animales para comer se hace, desde siempre, con la mayor limpieza y rapidez posible. Algunos aprendimos de niños cómo se debía matar el cordero. Los que hemos crecido en el mundo rural sabemos que los animales se crían para comer. Ahora tanta gente ha crecido tan separada del mundo rural que piensa que todo es Disney. Y nos quiere dar lecciones a los demás, que es lo peor. El ultra ecologista animalista pretende decirle a la persona que lleva toda su vida viviendo del campo cómo tiene que vivir adecuadamente. Es algo alucinante.

P: ¿Humanizamos demasiado a los animales? ¿Por qué unos pueden ser matados y otros no?

R: Porque así se ha desarrollado nuestra relación con ellos. El hombre comenzó a criar ganado para comérselo. Y estableció una cierta relación con todo tipo de animales, hasta el punto de cambiarlos. Del jabalí al cerdo, del buflón a la cabra… Y de los lobos al perro. Se trata de una relación ancestral, establecida por los primeros hombres. El hombre se hizo aliado del lobo, para cazar. Y lo domesticó. Por otro lado, es curioso pensar que una gran amenaza para la fauna son los gatos, por ejemplo. Ocurre también en las ciudades. La cantidad de pajarillos que cazan es brutal. Y algo de eso pasa con todas las especies. Por eso, una cosa que es necesario entender es que el hombre se encarga de establecer un equilibrio que permite que la naturaleza siga su curso, pero dejándole vivir en ella también. Los ríos hay que encauzarlos y a algunos animales hay que cazarlos si su población crece demasiado y amenaza con romper el equilibrio. Es un equilibrio establecido por el hombre, sí, pero es perfectamente natural. Ahora hay gente que tiene la idea de no tocar la naturaleza y dejar que ella sola se expanda y se regule. Pero eso es una sandez. Va en detrimento de todos. Porque la naturaleza lleva siendo troquelada por el hombre durante milenios. Si no la cuidásemos sería imposible que viviésemos en ella.

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